Entrevista en El Mundo: las caras de la transición verde

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Junio de 202, artículo publicado originalmente en El Mundo

Pablo Foncillas, autor de Fact Energy: «Tenemos una energía alucinante, fantástica y barata que se llama energía nuclear»

Foncillas, profesor y conferenciante, considera que «nos hemos vuelto energicoadictos» y recuerda «las emisiones cero no existen.

El profesor Pablo Foncillas sabe de energía, pero trata de ocultarlo. Así, se presenta como «un profano» en la materia. Y lo hace porque su ya penúltimo libro, Fact Energy, es precisamente una aproximación cercana al sector energético, destinada a que puedan comprenderlo personas sin demasiado conocimiento. Y precisamente por eso puede ser clave para muchos en un contexto de precios desbocados y una guerra que pone en boca de todos el concepto de soberanía energética.

 

Presentó Fact Energy justo antes de que se desbocase la crisis eléctrica: ¿qué ha cambiado en este año en la percepción que tenemos del sistema?

Que ahora mismo está en la agenda de todo el mundo un tema que dábamos por sentado, que formaba parte de nuestro día a día, pero al que no le atribuíamos la importancia que hemos descubierto de manera cruel que tiene. Obviamente la tenía antes también; el asunto es que todas las inversiones multimillonarias, los desarrollos, las innovaciones, todo aquello que había por detrás, parecía sectorial y específico y ahora vemos que es transversal y genérico.

Un cambio considerable.

Creo que es un cambio desde una doble dimensión. Una es desde un punto de vista de la dimensión geopolítica o geoeconómica, que ahora van unidas, y la otras es que, además, le hemos puesto una capa de complejidad como consecuencia de los compromisos que estamos adoptando. Es una especie de tormenta perfecta para que esto haya subido en las prioridades de todos nosotros. Tú, como individuo, lo tienes, pero también tu empresa o el colegio de tus hijos. Es absolutamente transversal, colosal. Esas dos cosas juntas son las que han convertido esto en algo que ha subido de golpe: estaba haciendo ruido, pero ahora ha explotado, utilizando un pésimo símil.

Algo que en teoría es tan sencillo como darle al interruptor y que se encienda la luz tiene detrás un sistema energético muy complejo.

El sistema energético, contrariamente a lo que creíamos (yo mismo lo creía, porque no soy un experto, soy un profano), es un embrollo. Empiezas a pensar en la energía y hay un montón de capas: puedes coger la vertiente social, la económica, la medioambiental, la tecnológica… Y luego, encima, las empiezas a cruzar con otros elementos que tenemos que tener en cuenta, como la geografía. Cuando lo cruzas todo, las posibilidades son infinitas. Así que, contrariamente a lo que opinamos de que es fácil, no lo es. Lo que hay que entender es que lo que hay por detrás de encender una bombilla son miles de invenciones para que todo eso pueda pasar. El sistema de la energía es un lío y complejísimo; pensábamos que era fácil y no lo es.

En su libro también habla del tejido energético y parece que el papel de España ha cambiado considerablemente, especialmente como puerto del gas natural licuado.

El libro trata de abordar el tema desde una óptica más factual. Trato de evitar consideraciones de perfil opinatorio si detrás no tengo datos… Y no tengo ni idea de qué papel va a jugar España porque no tenemos ni idea de hacia dónde nos tenemos que orientar ahora mismo. Sí, vemos que tenemos un papel muy relevante por la conexión con África, vemos que tenemos plantas de regasificación, cosa maravillosa porque otros países no tienen; tenemos una cierta capacidad de almacenaje, que también está muy bien, pero esto puede evolucionar en cualquier dirección.

¿Cuáles son los retos en este sentido?

Por definición, los activos que están asociados al mundo energético no son movibles, son fijos, y tienen unas amortizaciones salvajes y que conllevan inversiones y visiones a muy largo plazo, tanto en la explotación dentro de España como en lo que viene desde fuera. Es decir, para poder traer gas de otro sitio tienes que hacer inversiones a larguísimo plazo con unos compromisos de suministro muy potentes, porque hay un capex de proporciones bíblicas. Entonces, si no eres capaz de asegurar que lo vas a amortizar, no va a invertir nadie. E improvisar el capex que hay para poder extraer aquello que nos hace falta es muy complejo. En estos momentos, nos guste o no, la realidad es la que es. En este sentido, las decisiones que se tomaron hace tiempo nos impactan ahora.

Eso está recogido en el libro en algo que me parece sencillo de explicar, que son ideas sencillas, pero poderosas alrededor de la energía. Me parece fundamental ponerlas sobre la mesa para que, de esta manera, todo aquel que hable de energía comprenda que hay unas máximas que no podemos olvidar.

¿Cuáles son?

Son cuatro ideas muy sencillas. La primera es que tiene que haber energía disponible siempre. Nos hemos vuelto energicoadictos y eso es fácil de decir, pero complejo de hacer. Exige todo lo que explicaba antes: inversiones, visión… En definitiva, tener claro que todo lo que hacemos hoy en día está alrededor de la energía y tiene un componente energético.

La segunda es que la evolución tecnológica es inescrutable.

Esto me parece crítico para entender el sector de la energía. Volviendo al papel de España: depende. ¿Y si mañana desarrollamos una nueva tecnología que es fantástica? Entonces todo aquello que estamos decidiendo ahora cambiará. Sí te digo que, en general, España no está extraordinariamente bien posicionada por el tipo de inversiones en I+D que solemos hacer porque no somos un país rico; entre los ricos somos los pobres y entre los pobres somos los ricos. La idea de que la evolución tecnológica es inescrutable hace referencia a que muchas veces fiamos al desarrollo de la tecnología el hecho de que vayamos a apostar por una u otra. El problema es que ese desarrollo tecnológico a veces tarda un año, otras tarda 10 y a veces no somos capaces de conseguirlo.

En ocasiones escucho ciertas cosas como si todo lo fuera a solucionar la tecnología… No lo discuto, el problema es cuándo lo va a solucionar. De hecho, tenemos una energía que es alucinante, fantástica y barata, que si la inventásemos hoy diríamos que hemos dado con la piedra filosofal, que se llama energía nuclear. El problema es que hemos cogido una declaración política al respecto y pensamos que no es buena. No juzgo si es buena o mala, pero un país como Francia tiene un 75% o un 80% de su base energética instalada en esa capacidad. Ahora se habla de hacer centrales nucleares más pequeñas que generan menos residuos. Bueno, pues veremos.

¿La tercera idea?

Que en la energía nada se improvisa. Y, en general, en España tenemos un histórico de haber improvisado decisiones que nos han perjudicado. Pero hasta un país como Alemania, que ha tenido una política energética determinada, a día de hoy se ha visto que igual no era la correcta. Esto es fácil de decir, pero difícil de hacer.

Y la cuarta tiene que ver con las emisiones…

La última idea es que las emisiones cero no existen: que seas neutro en emisiones no significa que no emitas.

Teniendo esto en cuenta, ¿cuál es un escenario realista para hablar de un mundo sin emisiones?

En España hay unos 1.200 parques eólicos y hemos prometido que tenemos que poner una capacidad instalada de otros 1.200 parques más en los próximos diez años. Aproximadamente, pero en órdenes de magnitud, lo que importa es el mensaje. Si haces números, 1.200 parques en 10 años son 120 parques al año; si el año tiene 52 semanas, tenemos que hacer un parque eólico cada tres días. Básicamente, dos o tres parques a la semana, cada semana, cada mes, cada año durante una década. Ahora pregúntate si eso va a pasar. Y otra pregunta: ¿lo quieres al lado de tu casa? Así que no es imposible, pero nos va a costar mucho.

¿Comprenden ciudadanos y empresas cómo funciona el sistema y cuál es su papel para que esto ocurra?

Es una pregunta muy interesante, en el sentido de que esto no es algo ajeno a todos nosotros. Cuando el Gobierno empezó a ver que subía la luz, hubo mofa y befa sobre si había que poner la lavadora por la noche. Pero lo que sí evidenció es que esto nos impacta a todos. Mientras no cambie la tecnología disponible, vamos a un cambio de modelo productivo. Y, detrás del cambio de modelo, vamos a tener que vivir de manera distinta. Todos. Esto no le afecta a una empresa, pero a ti o a mí, no. Hay miles de decisiones que tendremos que empezar a ver cómo tomamos. Ahora, con el contexto de una guerra muy localizada, pero de un impacto absolutamente local, encima estamos viendo que esto es a marchas forzadas. Puesto en anécdota, tendremos que ver si el fin de semana renunciamos a ir a tomar la paella en la costa que tanta ilusión nos hace, pero va de eso: de que tal vez no vamos a poder, que habrá que ir en tren, o en determinado horario.

Nos va a impactar.

Eso es, pero tenemos que decidir cómo y a qué velocidad lo puede hacer cada una de las sociedades. ¡Dile a un país que se está desarrollando que no puede hacerlo cuando tú llevas los últimos 120 años consumiendo como una bestia! Pues te dirán que fantástico si no podemos crecer a ese ritmo, pero que si eso ya se preocuparán más adelante. El problema es que lo que hagan otros países nos afecta, pero es natural que haya que entablar un debate, porque no es trivial decidir esto. Hacen falta enormes cantidades de pedagogía, para saber de lo que hablamos, y de debate político y social para abordar un montón de cuestiones que ahora mismo van pasando.

La energía, en cierto modo, ha estado muy ligada a las revoluciones tecnológicas, como ocurrió con el motor de vapor. ¿Estamos en un momento de transición?

Por supuesto que hay una revolución. Está claro es que hemos tomado una serie de decisiones absolutamente fantásticas y necesarias en torno a poder generar energía por medio de fuentes que supuestamente son inagotables. Pero tenemos que entender que a mayor dependencia de esas fuentes intermitentes, mientras no se invente una nueva tecnología, más sistemas de respaldo vamos a necesitar.

¿Pero está en marcha una revolución?

Hay un detalle alrededor de si hay una revolución o no, que es que hemos prometido que vamos a ser altos, guapos y fuertes en el 2050. Es maravilloso y, además, es lo que tenemos que hacer. El problema es que de aquí a entonces hay unos hitos a los que nos hemos comprometido para el primer año ser altos, en el año 15 ser guapos y en el año 30 ser fuertes. Pero para eso hay que empezar a ir al gimnasio, a comer mejor, a cuidarnos… Y cuesta mucho.

Y el problema es que hay otros países de los que somos dependientes a los que no les hace ninguna ilusión que hayamos adoptado estos compromisos. Porque nuestra transición energética la tenemos que hacer a costa de que a otros que han hecho inversiones en capex no se les pague o de que vean que no les van a salir los números como esperaban. A lo mejor no lo hemos trabajado todo lo bien que deberíamos para contar con todos a la vez. Y eso es un tema sensible.