Artículo publicado originalmente en El Periódico de Catalunya en enero de 2020

A lo mejor prefiero no dar la cara

Por tu cara bonita. Sí, por ella, o mejor dicho con ella podrás firmar, pagar la compra en el súper, abrir la puerta de tu casa, entrar en un avión o validar una transacción. Bienvenidos al reconocimiento facial, una tecnología que permite identificar la cara de los seres vivos (¿humanos?) para todo tipo de usos. Supongo que cualquier cosa con dos ojos, nariz y boca nos servirá para salir de casa sin tarjetas de crédito, sin DNI y sin llaves. Estupendo. Pero toda cara tiene se cruz. Porque esto significa que nuestra faz será cruzada con nuestra información pública, la acumulada en redes sociales, por ejemplo. Lo que a su vez permitirá a un comercio (quizás un concesionario de coches) conocer dónde trabajo (lo verá en Linkedin), y el puesto que tengo (director general de una importante empresa), lo que hará que me hagan, en principio, mucho caso. También verán que tengo un gasto elevado en ocio (se deducirá de mi Instagram) lo que parecerá indicar que tengo mucha renta disponible. El cliente ideal.

La privacidad es una manera de ejercer nuestra libertad como individuos. Mi cara es mía y yo decido con quién la comparto.

Pero no es oro todo lo que reluce… Pese a todos los “puntos positivos” puede suceder que el vendedor me ignore y dé prioridad a otro consumidor con una cara menos bonita que la mía. ¿Por qué? Porque el reconocimiento facial tiene su cara oscura: la marca de automóviles puede haber llegado a un acuerdo con mi banco (por la estrecha relación comercial que tienen) que le ha permitido cruzar mi interés por el coche con mi rating bancario. Esto les da acceso a conocer que tengo muchas deudas y que me cuesta hacer frente a su pago. Por lo tanto, ¿por qué dedicar tiempo a un cliente al que no le voy a poder vender o que no es tan fiable como parece?

Se están haciendo pilotos en varios lugares del mundo con notable éxito. El software de reconocimiento acierta casi siempre determinando quién es el individuo “detrás” de la cara. Tanto es así que algunas ciudades han decidido preguntar a su ciudadanía si desean que dicha tecnología se pueda utilizar. En San Francisco, capital del Silicon Valley, han votado que no. Porque nuestra cara es un portal de información sobre nosotros mismos de altísimo contenido. Material sensible. Justo lo contrario que prometía internet, el anonimato total. Dando nuestra cara entregamos nuestra huella dactilar facial. La privacidad es una manera de ejercer nuestra libertad como individuos. Mi cara es mía y yo decido con quién la comparto. Pero si las empresas, o peor, si los gobiernos tienen nuestra huella facial podrán usarla con fines que ni imaginamos. Por ejemplo, una cosa es que graben las calles, otra que procesen la información y otra que la policía la utilice para saber dónde voy o con quién. Hay que legislar cuanto antes. Debería haber una base de datos centralizada de caras y poder decidir quién la usa y para qué. Y a lo mejor prefiero no dar la cara.