No quiero una smart city

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Diciembre de 2017, artículo publicado originalmente en El Periódico de Catalunya

No quiero una smart city

“Palabro” de moda enésimo-mil bajo el paraguas digital. Si la ciudad en la que vives no es smart y tu alcaldesa o alcalde no defiende que la ciudad sea smart no eres nada. Una smart city, según Wikipedia, “se refiere a un tipo de desarrollo urbano basado en la sostenibilidad que es capaz de responder adecuadamente a las necesidades básicas de instituciones, empresas, y de los propios habitantes…”.

El concepto hace referencia a entornos urbanos donde la desbordante tecnología, ubicua, interconectada y en tiempo real, permite recoger datos que ayudan a las autoridades a gestionar mejor la ciudad. Hasta aquí bien. El detalle está en la coletilla que hay en la explicación de la enciclopedia digital.

Debo ser yo, que tengo una mente abyecta, o quizás voy demasiado al matiz pero en este caso creo que es importante: la ciudad es para sus ciudadanos en primer lugar y, a distancia, lo es para para las instituciones y empresas. Ahí está el problema. Estaré saliendo del armario como ludita pero yo no quiero una smart city si este es el plan. Parece que el objetivo sea “fabricar” ciudades para todos menos para nosotros, sus habitantes. Las smart cities se están desarrollando en todo el mundo, especialmente en países donde la demografía crece de forma acelerada, por ejemplo la India (planean tener unas 100 ciudades inteligentes en el 2020), China o algunas partes de África.

Llenar de trillones de datos los despachos de los responsables municipales no es necesariamente la llave para la felicidad de las personas que viven ahí.

El problema de estas ciudades es que bajo la imagen que proyectan de urbe idílica con carreteras de acceso semi vacías, rascacielos galvanizados dibujando un perfil de ciudad metálico y luces eco-amigables, parece que se olvidan de que existen para dar cobijo a los humanos. Según un artículo publicado recientemente en el Financial Times empiezan a existir en China ciudades inteligentes que están virtualmente desiertas. No son capaces de atraer a los habitantes rurales. Tienen toda la tecnología del mundo pero no tienen personas. Es decir, han olvidado la parte humana. 

Por eso, no quiero una ciudad mega inteligente pero que no tenga, por ejemplo, comercio de proximidad en el vecindario (un elemento que en nuestro país vertebra especialmente nuestra manera de entender la vida en la ciudad), casas sociales o seguridad para mujeres, gente mayor, niños y familias.

Cuando lo midamos todo, ¿dónde quedará el anonimato, la individualidad, la intimidad? Quién no sea digital o carezca de los medios para serlo de forma sofisticada, ¿quedará excluido? Llenar de trillones de datos los despachos de los responsables municipales no es necesariamente la llave para la felicidad de las personas que viven ahí. La información no es lo único para construir un entorno donde vivamos bien. Si los que deciden el desarrollo urbano no tienen en cuenta conceptos como justicia o privacidad, por ejemplo, la ciudad por muy inteligente que sea, pierde sentido. Acabarán siendo lugares donde no querremos vivir.