Artículo y vídeo publicados originalmente en La Vanguardia en septiembre de 2024
Este es el dilema que tienen este curso los profesores con la IA
Imagina un aula del futuro, donde no es un profesor humano, un bípedo como tu y yo, amigo del No Lo Veas, sino una inteligencia artificial, quien guía el aprendizaje de los estudiantes. Mo Gawdat , ex máximo ejecutivo de Google X, la división de innovación de Google (ahí es nada….), un tipo al que vale la pena escuchar, nos desafía al considerar este panorama como posible de forma más o menos cercana (cercana digo yo….¿pueden ser 10-15 años?).
La inteligencia artificial promete personalizar la educación, adaptando los contenidos a las necesidades individuales de cada alumno. Esto es perfectamente posible…. ¡y maravilloso! Pero, pero, pero el quid de la cuestión es que este avance trae consigo desafíos éticos significativos.
¿Estamos realmente preparados para la inminente redefinición de la educación? ¿Cómo garantizamos que una IA no solo enseñe matemáticas o historia, sino que también inculque valores y respete la diversidad cultural?
Mo sugiere que la formación impartida por la IA debe ser supervisada cuidadosamente para evitar sesgos y asegurar que refleje un espectro amplio de perspectivas humanas y yo estoy de acuerdo. Porque la inclusión de la IA en la educación no es una cuestión de ‘si’, sino de ‘cómo’. Deberíamos abrazar su potencial para mejorar el acceso y la personalización del aprendizaje, pero al mismo tiempo debemos permanecer críticos y cautelosos sobre su rol en el desarrollo social y moral de las futuras generaciones. Este es un juego de equilibrios, un ejemplo más, donde la tecnología y la humanidad deben coexistir armoniosamente.
Porque aunque la IA puede transformar el sector educativo, ¿podría esta tecnología eventualmente desplazar por completo la esencia humana del proceso de enseñanza? En mi opinión NO. La interacción directa con profesores humanos fomenta habilidades sociales y emocionales que una máquina podría no ser capaz de replicar completamente. No podemos realmente confiar en una IA para tomar el relevo por completo de la educación. Los homínidos, junto con la IA deberemos trabajar conjuntamente en la educación de la humanidad del futuro.
Porque, seamos sinceros, ¿quién mejor para enseñarte a lidiar con las matemáticas que alguien que también ha sufrido con ellas? Y aunque la IA puede ser brillante en muchos aspectos, aún no puede compartir una mirada cómplice ni la sensación de alivio que un profesor humano experimenta cuando el timbre suena al final de una clase difícil para todos. Porque los sentimientos compartidos….nos unen, nos hacen humanos…. Las máquinas también tendrán sentimientos, seguro,….pero por ahora, sigamos agradeciendo a esos héroes de carne y hueso que nos enseñaron a sumar y restar… y a soportar los lunes y las ironías de la vida.
Por cierto, ¿sabías que uno de los primeros timbres para marcar el inicio y el final de las clases fue fabricado en 1885 e implementado en Estados Unidos a finales del siglo XIX? Estaba diseñado con un mecanismo especial para que el sonido fuera lo suficientemente fuerte como para ser escuchado en toda la escuela. Se dice que el timbre fue tan ruidoso que, en una ocasión, un grupo de niños se asustó tanto que salieron corriendo del aula, pensando que se trataba de una alarma de incendio. A partir de ese evento, se introdujeron modificaciones en el timbre para asegurar que el sonido fuera menos estridente. Esta historia subraya cómo, incluso en el pasado, el simple acto de marcar el tiempo escolar podía tener su cuota de humor y sorpresa. Y, a pesar de los avances tecnológicos, el sonido del timbre sigue siendo un símbolo universal de la estructura y el ritmo de la vida escolar, recordándonos a todos que, en el corazón de la educación, siempre hay espacio para el toque humano y las pequeñas sorpresas.
Más ideas en el próximo No Lo Veas.



